¿Sabías que la famosa sal del Himalaya no procede del Himalaya, sino que proviene de la mina de la sal de Khewra de Pakistán (la segunda más grande del mundo) situada a unos 300 kilómetros? Esta mina es casi una ciudad subterránea con túneles, una mezquita tallada en sal y un pequeño ferrocarril turístico.
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| La sal del Himalaya |
Su tono rosado proviene de impurezas de óxido de hierro y contiene aproximadamente entre un 98 y un 99 % de cloruro de sodio, igual que la sal de mesa. De hecho, esta sal no es más saludable ni tiene menos sodio que la sal refinada y la diferencia de minerales es insignificante para la salud.
A lo largo de la historia, esta sal ha cumplido múltiples funciones: se utilizó para conservar alimentos, como moneda de intercambio en rutas comerciales, en la cocina y también en la elaboración de lámparas, baños minerales y terapias basadas en la sal.
Debido a esas supuestas propiedades mágicas que no posee, muchos perciben en la sal del Himalaya una excelencia que no existe. Y claro, algunos se aprovechan del mito para inflar su precio. Lo más llamativo es que seguimos cayendo en este y en tantos otros productos que prometen ser más saludables de lo que realmente son. Nos venden gato por liebre con una facilidad sorprendente.
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| Mina de Khewra |
Como última curiosidad: el ser humano detecta enseguida cuando a un alimento le falta sal o está demasiado salado, pero cuando está en su punto... la sal pasa completamente desapercibida. Está ahí, pero es invisible a nuestros ojos y a nuestra conciencia degustativa.


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