La incertidumbre es una experiencia profundamente humana: todos la sentimos, aunque pocas veces sabemos ponerla en palabras. Es ese vértigo que aparece cuando no sabemos qué va a pasar. Surge cuando la información es insuficiente, el futuro se vuelve impredecible, las opciones se multiplican o hay algo importante en juego. No es una abstracción; es una reacción muy real de nuestro cerebro ante lo desconocido.
Ese “no saber” puede despertar ansiedad, inquietud, estrés o frustración. A veces, incluso emoción y curiosidad. En medio de la incertidumbre, nuestra mente tiende a sobrepensar, a imaginar escenarios negativos y a bloquearse a la hora de tomar decisiones. Es un mecanismo de protección, aunque no siempre nos ayude.
Sin embargo, la incertidumbre no es solo incomodidad. También es un espacio fértil: fomenta la creatividad, nos obliga a adaptarnos, abre nuevas posibilidades y actúa como motor del aprendizaje y del cambio. Imaginar una vida sin incertidumbre es imaginar una vida completamente predecible... y, seamos sinceros, terriblemente aburrida.
La clave no está en eliminarla –algo imposible– , sino en aprender a convivir con ella. Algunas personas encuentran estabilidad en las rutinas; otras buscan apoyo social para transitar esos momentos. Cada quien desarrolla sus propias estrategias, pero todas parten de la misma idea: la incertidumbre no es un enemigo, sino un territorio que podemos aprender a habitar.

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