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Cuando un país llega tarde

Creo que hoy muchos españoles tenemos el corazón encogido tras conocerse la aplicación de la eutanasia a Noelia Castillo, la joven catalana cuya decisión ha generado un profundo debate social. Su historia es devastadora: en 2022 sufrió una violación múltiple y, en un intento desesperado por escapar del dolor, trató de quitarse la vida arrojándose desde un quinto piso. Sobrevivió, pero quedó parapléjica y desde entonces convivía con un sufrimiento físico y mental insoportable. 

La joven catalana de 25 años

Su padre luchó hasta el último momento para evitar este desenlace, pero finalmente el alto tribunal europeo dio luz verde a la solicitud de su hija. Noelia, con solo 25 años, ya descansa en paz. Incluso el pianista James Rhodes le ofreció ayuda económica para que pudiera acceder a un tratamiento psicológico especializado, pero nada logró cambiar el rumbo de esta historia. 

Y aquí surge la pregunta que muchos nos hacemos: ¿Debemos sentirnos orgullosos de la ley de eutanasia en un caso así, o es una tragedia que una persona con depresión severa y paraplejía pueda acogerse a ella y poner fin a su vida de manera irreversible? 

Este caso me llena de tristeza y me hace pensar que, de algún modo, como sociedad hemos fracasado. A ello se suman las dudas que han surgido sobre posibles irregularidades, ya que algunos de los expertos que autorizaron el procedimiento tendrían vínculos directos o indirectos con la coordinación de trasplantes. Esto no significa necesariamente que haya mala praxis, pero sí abre un debate incómodo que merece transparencia. 

¿Cómo es posible que una colaboradora televisiva reciba escolta policial por una denuncia falsa, mientras que una joven violada en grupo, parapléjica y sumida en una sufrimiento extremo no encuentre un apoyo institucional sólido, ni acompañamiento psicológico adecuado, ni un debate público a la altura de su tragedia? ¿Cómo puede ser que el silencio sea la respuesta? 

Nos repetimos que España es un país moderno, pero casos como este nos obligan a mirarnos al espejo. ¿Es esto el progreso o simplemente una modernidad de fachada que no protege a quienes más lo necesitan? 

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