Érase una vez un punto. El punto soñaba con ser línea algún día, pero no sabía cómo hacerlo. No es que no quisiera ser punto. Le encantaba poner fin a las frases, insinuarse con puntos suspensivos... ¡Era muy directo! Y ayudaba a formular preguntas, pero sentía que estaba vacío por dentro. Quería ser una línea como las demás. Así que, se puso a buscar cómo conseguirlo. Caminó por mucho tiempo, subió montañas, buceó en el mar, surcó los cielos, pero nada... se sentía perdido y se vino abajo. Estaba tan desesperado por llegar a ser algo más, que no se paró a mirar atrás para contemplar todo lo que hizo todo este tiempo. Cuando lo hizo, por fin se dio cuenta de que una línea solo es un punto en movimiento. Sigue adelante. El punto que quería ser línea
La incertidumbre es una experiencia profundamente humana: todos la sentimos, aunque pocas veces sabemos ponerla en palabras. Es ese vértigo que aparece cuando no sabemos qué va a pasar. Surge cuando la información es insuficiente, el futuro se vuelve impredecible, las opciones se multiplican o hay algo importante en juego. No es una abstracción; es una reacción muy real de nuestro cerebro ante lo desconocido. Ese “no saber” puede despertar ansiedad, inquietud, estrés o frustración. A veces, incluso emoción y curiosidad. En medio de la incertidumbre, nuestra mente tiende a sobrepensar, a imaginar escenarios negativos y a bloquearse a la hora de tomar decisiones. Es un mecanismo de protección, aunque no siempre nos ayude. Sin embargo, la incertidumbre no es solo incomodidad. También es un espacio fértil: fomenta la creatividad, nos obliga a adaptarnos, abre nuevas posibilidades y actúa como motor del aprendizaje y del cambio. Imaginar una vida sin incertidumbre es imaginar una...