Está claro que las redes sociales han cambiado nuestros hábitos, nuestras relaciones personales, incluso nuestra forma de informarnos. Resulta extraño a día de hoy encontrar a jóvenes sin un perfil en Facebook, Twitter o Instagram, son reacios al uso de las nuevas tecnologías, algo totalmente entendible y respetable. Aun así, la gran mayoría posee alguna de estas tres redes, las más utilizadas en todo el mundo. Estas herramientas nos permiten estar más y mejor informados, compartir publicaciones y fotografías, y mantener el contacto con personas a las que no podemos ver a menudo. Sin embargo, el uso abusivo de estas redes puede provocar ansiedad, estrés y falta de concentración. No solo eso, también dependencia. Y es que estar continuamente conectados es una adicción. Ayer martes, sin ir más lejos, Facebook e Instragram dejaron de funcionar durante hora y media a nivel mundial a consecuencia de un cambio introducido por la propia compañía que afectó a sus sistemas. La caída del servicio fue una hecatombe y los usuarios mostraron su malestar a través de Twitter. Tan solo decir, que hay vida más allá de las redes sociales, de nuestras pantallas y que debido a esta nueva y peligrosa adicción del siglo XXI, nos perdemos pequeñas grandes cosas. Nuestros padres y abuelos han sobrevivido sin Facebook ni Twitter, incluso sin teléfonos móviles y aquí están, la mar de felices. Las redes sociales no dejan de ser una realidad virtual, no perdamos la costumbre de tomar café con nuestros amigos.
“Maestro, he leído tantos libros... pero he olvidado la mayoría. ¿Para qué leer?”. Esa fue la pregunta de un estudiante curioso. El maestro no respondió. Solo miró en silencio. Unos días después, estaban sentados junto a un río. De repente, el anciano, dijo: “Tengo sed. Tráeme agua... pero usa ese colador viejo que está en el suelo”. El estudiante pareció confundido. Era una petición ridícula. ¿Cómo podía alguien traer agua en un colador lleno de agujeros? Pero no se atrevió a discutir. Tomó el colador y lo intentó. Una vez. Dos veces. Una y otra vez... Corrió más rápido, lo inclinó de otra manera, incluso intentó tapar los agujeros con los dedos. Nada funcionó. No pudo retener ni una sola gota. Agotado y frustrado, dejó caer el colador a los pies del maestro y dijo: “Lo siento. Abandono. Es imposible”. El maestro lo miró con amabilidad y dijo: “No abandonaste. Mira el colador...”. El estudiante bajó la mirada... y notó algo. El viej...

Comentarios
Publicar un comentario